En P/12, del 24/02/2013
SCIOLI EN EL LABERINTO BONAERENSE, SIN SALIDA
PRESIDENCIAL
El poema de los dones
Nunca un gobernador bonaerense llegó a la presidencia por la puerta
electoral. Esta imposibilidad tiene raíces históricas, pero fue agravada por la
reforma de 1994, que al mismo tiempo incrementó el peso electoral de la
provincia y la privó de los recursos necesarios para intentar ese salto. Ese es
el laberinto en el que se debate Scioli, con más chances pero también más
angustias que Macrì, Massa, De la Sota y Binner.
Recién esta semana quedó claro el sentido de la tentativa del gobierno
bonaerense por instalar como tema del debate político la coparticipación de
impuestos: Daniel Scioli sabía que le faltaban los recursos para responder a
las negociaciones salariales que se repiten en los dos primeros meses de cada
año, pero en lugar de enfrentar la situación montó el escenario para deslindar
la responsabilidad en el gobierno nacional. El supuesto que orienta estos pasos
del gobernador y que puede encontrarse a toda hora en la prensa amiga es que
cuando la relación se tensa, quien pierde es la presidente CFK. Como en la Casa
Rosada la lectura es distinta, se seguirán viviendo tiempos interesantes. No es
que Cristina piense, en términos simétricos, que es Scioli quien desciende en
la consideración pública. Más bien, le complace que quede en evidencia la
disparidad de criterios administrativos, ideológicos y políticos. Continuidad
con cambios porque coincidimos pero somos personas distintas, repite Scioli. Son
dos proyectos políticos distintos, replican los kirchneristas. Durante diez
años, Scioli acompañó con lealtad a Néstor y Cristina, objetan en La Plata.
Pero entonces no estaba en disputa la conducción del proceso y ahora sí, es la
respuesta inapelable. Y no se trata de una cuestión personal.
¿Qué te puedo cobrar?
Scioli ni siquiera se preocupó por reunirse con los sindicalistas
docentes para comunicarles sus dificultades. No menos curioso es el método que
escogió para impulsar su reclamo: una audiencia pedida en diciembre por su jefe
de gabinete, Alberto Pérez, al presidente de la Cámara de Diputados, Julián
Domínguez. Difícil imaginar peor puerta: por un lado, la coparticipación no se
inicia en esa cámara sino en la de los senadores, pero además Domínguez es la
primera espada que se blandió para cortar las alas del sueño presidencial del
gobernador. En febrero, Domínguez fue uno de los organizadores del encuentro de
intendentes que desde Santa Teresita recriminaron los pujos autonomistas de
Scioli. Cuando ocurrió lo que no podía ignorar que ocurriría, Scioli volvió a
señalar hacia la Casa Rosada, ahora con la acusación de que no le permitían
endeudarse para cumplir sus compromisos. Igual que el año pasado, quien
respondió al lloriqueo bonaerense fue el ministro de Economía Hernán Lorenzino,
no por un improbable ataque de institucionalidad, sino por su conocimiento de
primera mano de las cuentas provinciales y del personal a cargo. Durante su
presidencia, Néstor Kirchner formó un equipo encargado de supervisar las
cuentas del gobernador Felipe Solá. Lo encabezaba Carlos Fernández y además de
Lorenzino lo integraban Alejandro Arlía y Silvina Batakis, quienes hoy son los
ministros de Infraestructura y de Economía de Scioli. En julio de 2012,
Lorenzino expuso que el deterioro fiscal bonaerense comenzó con la asunción de
Scioli y se cubrió con endeudamiento tal como hacía la Argentina en la década
de 1990. Durante el primer cuatrienio de Scioli, mientras el resto de las
provincias tuvieron un superávit de 7500 millones de pesos, Buenos Aires
padeció un déficit de 13.500 millones, en ambos casos primario. Los compensó
con un incremento del 64 por ciento de su deuda, contra 25 por ciento del resto
del país, al mismo tiempo que la Nación se desendeudaba y aliviaba el
endeudamiento de las provincias, Buenos Aires la primera. En vez de incrementar
la presión tributaria, como el resto de las provincias, Scioli extrajo recursos
a los más pobres, con el impuesto a los ingresos brutos, y subsidió a los más
ricos. En ese lapso los impuestos inmobiliarios rural y urbano pasaron de
aportar el 10,9 al 6,6 por ciento del total de la recaudación provincial, lo
cual puede compararse con el 16,9 por ciento de Entre Ríos, donde el
crecimiento de la recaudación total rondó el 50 por ciento. La política que el
gobierno de Sergio Urribarri describe como de equidad y progresividad es la
contracara perfecta. El inmobiliario rural rondaba el 8 por ciento de la
recaudación total y la decisión de modificar alícuotas y avalúos provocó dos
violentos tractorazos sobre la casa de gobierno en 2011 y una presentación por
inconstitucionalidad que fue rechazada por la justicia. Dos años después, ese
impuesto cubre el 12,6 por ciento de la recaudación total y la base tributaria
se incrementó con 9000 contribuyentes nuevos; la morosidad se redujo en un 90
por ciento, por la aplicación de multas de valores similares a los que cobra la
AFIP, y 5000 proveedores del Estado regularizaron su situación cuando se les
exigió un Certificado de Libre Deuda con la provincia para cobrar sus
acreencias. Además, el cruce con la base de la AFIP permitió detectar a 3524
propietarios de inmuebles rurales y urbanos que los arrendaban pero no pagaban
los Ingresos Brutos correspondientes. También se reimplantó el impuesto a la
herencia y se registraron 4300 embarcaciones que no estaban empadronadas. En
cambio en Buenos Aires, por no afectar a los sectores de la zona núcleo de la
oligarquía, cuyos campos se valorizaron en un 50 por ciento promedio, a impulso
de los precios extraordinarios en el mercado mundial, Scioli basó cada vez más
la recaudación en el regresivo impuesto a los ingresos brutos, que pasó a
representar el 75 por ciento de la recaudación. Tuvo que ser el gobierno
nacional el que forzara a Scioli a decretar el revalúo fiscal sobre el que se
aplican las alícuotas del inmobiliario rural, como condición para el auxilio
del medio aguinaldo de junio pasado. Pero aún así el gobernador le introdujo
tantas condiciones al reglamentarlo que minimizó su efecto y no resolvió la
crisis estructural. Con la misma contundencia de entonces, Lorenzino objetó
ahora la política de endeudarse para enfrentar gastos corrientes, como camino
seguro a la catástrofe. ¿Es incongruente proyectar que si alguna vez se
realizara su fantasía de acceder a la presidencia, Scioli aceptaría las
condicionalidades del Fondo Monetario Internacional y reanudaría el ciclo del
endeudamiento que durante demasiados años estranguló las posibilidades de crecer
y distribuir de la economía argentina? Más allá de las especulaciones sobre
costos relativos para cada gobierno, la administración central volverá a tener
el rol protagónico en el rescate de Buenos Aires, porque es inimaginable que el
hundimiento de la provincia en la que viven y producen cuatro de cada diez
argentinos no afecte al resto. Como es obvio, ni hará falta mencionar esta
cuestión cuando Cristina le informe a Scioli quiénes integrarán las listas
nacionales y provinciales del Frente para la Victoria en octubre. En agosto
serán las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias y treinta días antes la
presentación de los candidatos. Esto implica que Scioli tiene hasta mediados de
junio para decidir si seguirá acompañando a regañadientes o dará el salto al
vacío al que lo invitan quienes no tienen otra esperanza. Una tercera opción
que está explorando es conformarse con lo que le ofrezca Cristina, pero colocar
algunos candidatos propios en las listas de su viejo amigo Francisco De
Narváez, siguiendo las huellas de su hermano Pepe. No parece una apuesta con
mucho sex appeal para alguien con tantas aspiraciones.
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